*Escribe tres relatos cuyas frases iniciales sean, respectivamente, las siguientes:
1-.Aquel científico necesitaba saber qué sucedería si en la máquina del tiempo retrocedía al momento en que sus padres estaban por conocerse e impedía la relación. Quería saber que hubiera pasado, si el seguiría allí o no. Supuso bastantes teorías, aunque ninguna acertó. Sin embargo, la reacción que generó fue bastante inesperada; cuando retrocedió en el tiempo hasta aquel lugar, el joven científico descubrió una cafetería: Movía los ojos de un lado a otro, como si buscara alguna presa, y la encontró: Pudo observar a su madre trabajando como camarera en la barra, como casi cuarenta años más joven; y de repente la puerta se abrió y apareció un joven rockero de pintas bastante llamativas. El joven se acercó a su madre rejuvenecida, mientras que Alfredo, el científico, se mantuvo al margen en una mesa; los estuvo observando un buen rato, hasta que, de repente, los dos jóvenes se acercaron poco a poco hasta casi alcanzar un beso, pero Alfredo con sus malas intenciones, corrió a tirarle encima un baso de agua que robo a un señor: Aquel rockero era su padre. Mientras sus labios casi alcanzables empezaron a rozarse, el joven científico le tiró el helado baso de Vozka. El joven se giró bruscamente hacia Alfredo y abrazó a su madre por el cuello, como intentado darle celos a su padre. Pero entonces, la bella joven le susurró:
-Alfredo, ¿Que te tengo dicho? Nunca beses a una mujer sin conocerla antes... Aunque tú y yo ya nos conocemos, ¿Verdad jovencito?
Y Alfredo se quedó de piedra.
2-.Cuando vi sacar aquel cadáver del agua, grité "Ese soy yo". Supongo que algunos no me creeréis pero, es verdad. Todo empezó el día de mi muerte, cuando un viejecito se durmió al volante. El choque fue brutal, seguro, aunque yo no noté nada la verdad. Yo solo vi un túnel iluminado y luego lo vi a él, al guarda del cielo. Cuando me vio se sorprendió bastante y me dijo:
-¿Orlando Yugo? ¡A buenas horas tenias que morir! Ahora mismo estamos llenos, tenemos todas las habitaciones ocupadas y Dios no da a basto, y yo tampoco. Vuélvete a la Tierra anda.
A eso se le llama una calurosa bienvenida, sí señor. Yo, sinceramente, me sorprendí al igual que él y ¿Algo más que teníamos en común? Ah sí, no teníamos pelos en la lengua.
-Perdone, ¿Pero como quiere que vuelva a la Tierra? A llegado ya mi hora, no me puedo volver. Me merezco descansar, en la Tierra solo hay problemas, crisis, gente que decide que tengo que hacer... ¡Pero aquí soy libre, hay bondad y ni existe el dinero! Y no me va a convencer para que vuelva a la Tierra, ¡Lo tiene muy difícil!
-Mire jovencito, no me coma el tarro anda. Usted va estar en la lista de espera, coja número de ahí y espere en la sala, Dios luego hablará con usted.
Y, como no, cogí número y me dirigí a la sala. La verdad es que era una sala bastante cómoda y nadie se creería que existiría: Era una sala con los muebles de fabricados con nubes, y en la pared una puerta donde ponía "Gran amo de las almas". Supongo que hacía referencia a Dios, y no creía mal. Espere a que todas las otras personas que números menores que el mio pasaran a su charla, hasta que llegó a mi número, el 34689.089082456.1234353.3557877.35225278664.37678732. Como os podéis imaginar tuve que esperar bastante hasta mi turno. Cuando me llamaron apareció un enano, de al menos un metro y medio y con alas de ángel. Pasé con el hasta la sala, y allí estaba él, el grandísimo Dios, o como a él el gustara que le llamaran "Gran amo de las almas". Me senté en una nube y empezamos a hablar:
-¡Orlando, hijo mío! ¿Que pasó?
-Pues ya se lo puede imaginar, he muerto.
-Vaya... Renné me dijo que usted no tenía sitio asignado en el paraíso, me sabe muy mal.
-Sí, su guarda es bastante... Directo. Y cierto, no tengo sitio en el paraíso, que voy a hacer ahora que...
-Tendrá que volver a la Tierra. Mire, sigáme.
Aquella vez nos dirigimos a una especie de lago, un lago de cadáveres. Y fue cuando, Dios me dijo: Busca al tuyo. Y yo, buscando al mío, vi a otro sacando mi cadáver del agua, y fue cuando grité: "Ese soy yo". Entonces me reencarno de alguna manera y volví a la Tierra, sin prácticamente recordar que pasó.
3-.En medio del Gran Océano hay una isla de la que no se atreve a hablar ningún marino. Era la conocida isla de "Las sirenas" o como me gustaba llamarla a mí, "Mi isla querida". Todo empezó cuando tenía unos diez años, cuando mi padre me obligó a ir a la escuela pirata. Yo siempre he sido un niño hecho y derecho, bastante sensible y limpio. Pero por desgracia, mi padre no aceptaba que yo fuera así, no quería que fuera un niño tan "preocupado" por su imagen y su higiene; él quería que fuera todo un hombrecito, quería que fuera despreocupado, que no estuviera siempre pendiente de mi imagen o de mi higiene, que fuera sucio, que tuviera un carácter más duro y que no fuera tan "nenita" como solía llamarme. Mi padre quería, sin duda, que fuera como él, un hombre descuidado.
Aún recuerdo perfectamente el barco en el que navegué hacia aquellas islas: El barco Santa Fe.
Aquel barco era un navío de primera clase y sus tripulantes eran hombres duros y algunos eran como yo, niños de apenas once años. Cuando aquel gran barco salió del puerto se dirigió hacia aquellas islas tan conocidas como las prohibidas. Mi padre me contó que era una isla llena de sirenas y que, estas últimas, innotizaban a los marineros con su canto y su belleza, y después hacer de ellos su cena. La verdad es que las aparencias engañan.
Navegamos una semana hasta llegar a aquella islita. Algunos niños, que la temian, empezaron a lloriquear y a patalear, incluso algunos intentaron tirarse por la borda, pero no lo consiguieron. Yo sin embargo, me mantube al margen, estaba sentado sobre una caja llena de latas de cerbeza, tranquilo y sereno. Pero aquel compartamiento no me duró mucho, la verdad:
-¿Que haces aquí, niño?¿No temes a las sirenas? -me dijo el capitán-.
-No señor, no las temo.
-Truenos y relámpagos, ¿Como puede ser eso? Arrrg, en todo mi tiempo como capitán ningún niño me ha vacilado tanto.
-No le vacilo, tan solo no me asustan las sirenas, parecen seres tan pacíficos como nosotros.
-Son mujeres, las mujeres tienen dientes y uñas afiladas, cuando ya no ocupas su corazón te lo destrozan y hacen de sus trozos su sonrisa. Diantres niño, ven conmigo.
Y entonces me cogió de la manga de la camisa y me tiró hacia una bote. Una vez dentro, me obligó a empujarlo hacia la isla y cuando llegué, me dejó en su orilla.
-Aquí te quedas muchacho, a ver si la próxima vez no eres tan valiente.
Y entonces, de la nada, aparecieron casi veinte sirenas, todas con su larga melena y su bonito bronzeado. Cuando el capitán las vio quedó totalmente prendado y para rematar, una de las sirenas se acercó para intentar conseguir su corazón, mientras el pirata gritaba "¡No me lo harás trizas!" Y la sirena, coqueta, empezó a reir.
Finalmente, el pirata huyó a su barco y no solo, con su sirena, y des de entonces le agradece al niño a ver sido tan valiente. Y cuando mi padre se enteró, estubo más orgulloso aún, y supo aceptarme tal y como era, y me dijo que no necesitaba cambiar, que me quería así, como yo soy.

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